Me gustan las mujeres, mucho, las quiero, las admiro, las amo. Son la expresión máxima de la generosidad, la sensualidad, la inconsciencia. Se dan, se dan con todo, no hay una que, cuando quiere, no entregue todo lo que es, todo lo que tiene. Te abren la puerta de su corazón, su casa, su cocina, su cama, su cuerpo. Son la cúspide evolutiva del placer, no hay parte de su cuerpo que no sea amable para con el cuerpo masculino. Sus palabras elevan tu espíritu, sus caricias encienden tu rijosidad pasional, sus miradas acarician profundamente tu deseo masculino de proveer, de dar, de complacer: encienden el caballero que todos los hombres con corazón tenemos. Son la inconsciencia porque nunca se dan cuenta del gran poder que tienen sobre nosotros, de la enorme responsabilidad que Dios -si existe- les dio para con la humanidad.
Me gustan las mujeres, mucho, las admiro profundamente. Pienso, siento, he visto cómo se deshacen por ser mujeres de un solo hombre, por ser madre de los suyos, los míos, los nuestros, los de más allá; por ser maestras de sus hijos, de sus hermanos, de sus padres, de sus vecinos, de sus amigas del alma.
Me gustan las mujeres, para mí son como el mar: salvajes, indomables, cuna de la vida, mortaja de todas las pasiones.
Me gustan las mujeres, apasionado como soy, he entregado mi tiempo y mi energía a escribirles canciones y poemas, a hacerles dibujos y pinturas, a acariciar sus cuerpos hasta la saciedad, a amarlas con toda el alma.