Lo mejor de ser raro es que nunca me aburro. El amor de mi vida es mi niño grande. Cuando él está en casa, la cocina se llena de sartenes y ollas, de cocidos, guisados, crepas, pan francés y fruta picada que desaparece casi tan rápido como la he cortado.
Los domingos, voy al centro de la ciudad, me siento en la esquina de Independencia y Victoria a platicar con Chopin, el bolero, quién me ayuda a reflexionar sobre las bendiciones de la vida y las bellezas que ofrece. Siempre en tono de juego, la plática va de lo mundano a lo divino en los pocos minutos en qué le da el trapazo a mis zapatos.
Después de este ritual, voy a Kaldi, café en la misma calle Victoria. Usualmente llevo cuaderno y pluma, me pongo frente a la ventana y comienzo a escribir cualquier cosa que pasa por mi mente, alguna reflexión sobre algo que haya leído, vivido, escuchado en la semana, cualquier meditación que lleve meses cocinándose en mi mente, aderezada con las pláticas de las personas que retroalimentan mis pensamientos.
El domingo termina con un par de páginas escritas con la mejor letra que me dale en esa tarde, una sobredosis de cafeína, 20 mil pasos, tal vez un litro de cerveza oscura y tres o cuatro cigarrillos sin filtro..
Hoy es lunes, aún, el hijo está en casa y me pidió pasta para cenar. Así que aquí me tienen, guisando champiñones con apio, cebolla, ajo, brócoli, coliflor, ajo, mantequilla, sal y pimienta, para acompañar un platón de fussilli en salsa de tomate, con ajo, pimienta y queso. Mi felicidad es verlo comer con singular apetito y pedir más. Si por mi fuera, tendría un comedor enorme para compartir esta comida tan simple con todas las personas que amo . La cocina es una buena terapia para la tristeza.
¿Que si estoy triste? Claro, pero no demasiado. Decía mi abuela que, si se resuelve con tacos, alcohol o sexo, no es mortal y, aunque sé que voy a morir, no va a ser por esto. Mi Nana Toña decía que solo los aburridos se aburren. Es lo bueno de ser raro, nunca me aburro.