Al llegar a casa, mi perra saltaba de un lado al otro de la cochera, por dentro de la reja, moviendo la cola, sacando la lengua, saltando tan alto como un basset hound puede saltar, emocionada de verme llegar.
Apagué el auto, bajé de él con mi mochila, partituras, la guitarra, la ropa de la tintorería. Abrí la reja y entré a la casa. El silencio y la oscuridad me abrazaron. De memoria, recorrí la sala, la cocina y entré a la recámara. Guardé todo en su lugar y me recosté en la cama, sintiendo cómo la arritmia del corazón sincopaba con la alegría de ver a mi hermosa perrita.
Mi hijo me preguntó -¿Tú también la viste?- -¿El qué?- regresé la pregunta, -Pues a la perra, a la Aretha, corriendo en la cochera- -No, Vinicio, nada vi- -Pues ahí estaba, saltando y ladrando toda contenta porque llegaste-
El resto de la noche pasó casi sin incidentes, excepto por dos. En la mitad de la madrugada, a las 3:36, el Vinicio me dijo, dormido -Ve a darle agua a la perra, acaba de tirar su traste- Más tarde, me dijo -Ya no se oye nada, se me hace que ya se durmió ¿tú ya te dormiste?- le contesté que no y siguió -No te duermas, porque la perra quiere que juegues con ella-
Al momento de esta experiencia, nuestra perra llevaba muerta más de un año, nunca vivió en la casa que actualmente ocupamos mi hijo y yo. La arritmia de mi corazón está más activa que de costumbre.