Estoy solo en el departamento, miro el techo, escucho el sonido de los coches pasando por la avenida, el zumbido del motor del refrigerador, el ruido blanco de la televisión, el aleteo inefable de la luz del amanecer deslizándose por las cortinas celestes de la habitación. No estás. Tus besos y tu abrazo no están. La cálida desnudez de tu piel pertenece a otros besos, abrazos y tocamientos varios, a otras odas amorosas, a otros versos, a otras acrobacias del intelecto.
Yo no tengo ganas de andar detrás de ti, esa historia la he vivido antes, buscando que me elijas sobre otras personas, que compartas tu vida amorosa solo conmigo, es demasiado egoísmo y también es un dolor que no vale la pena.
A veces, quisiera ser como en las canciones y preferirte compartida a no tenerte una, dos o tres noches a la semana. Pero las canciones son metáforas y en la realidad, el tiempo de quererte, de querernos, está limitado por la voluntad y el destino. A uno lo gobernamos; el otro, se ocupa de sí mismo y nos corta de la existencia sin aviso alguno.
La ciudad luce más grande, fría, vacía (Vengo llegando de mi rancho de 300 mil habitantes, es invierno a 1300 msnm y estamos de vacaciones, es lógico que luzca grande, fría y vacía) aunque sólo hayan pasado 24 horas de que te vi saliendo de tu casa del brazo de él, el que te quiere, a quien obviamente quieres, mientras yo te llevaba un termo con caldito de pollo y verduras para tu resfrío.
El mundo es una carita feliz, allá afuera, detrás de las mantas que me cobijan. Aquí dentro, el invierno se ha instalado por no sé cuánto tiempo.