En el aparente orden aleatorio de las cosas, como por casualidad, te encuentro, como quien camina en la obscuridad previa al amanecer, casi a tientas, asiendo con fuerza cualquier brizna de luz que dé soporte al pie, que dé certeza al peso. Te encuentro, como quien cae en la cuenta de que vive en un mundo sostenido por milagros. Abro los ojos para notar que no veo porque aún no amanece, ver que el mundo emerge de las sombras poco a poco, como desnudándose del manto protector de la noche. Siento el popurrí matinal de aromas que la naturaleza y el hombre prodigan, una aurora con perfume verde, dorado, húmedo, evaporado, de azul y arena, de nubes escasas que apenas se dibujan en el cielo y desaparecen. Por otro lado, recuerdo una enorme colección de aromas humanos matutinos: el café, la leche hirviendo, la manteca de puerco calentándose en la sartén, esperando al tocino, los huevos o a los frijoles con que el desayuno comenzaba en casa de la abuela. El aroma de la tierra mojada por la abuela, al interior de la casa, por la vasta galería de plantas de ornato y hierbas de olor que nos regalaban su mágica presencia y su alivio del dolor y la fiebre, o el gusto vespertino de un té recién hecho, mezcla de sabores, olores y propósitos: magia, salud y placer.
Así te encontré, como quien se enfrenta de pronto con el amanecer, como esperando desde siempre y sorprendido con la repentina celeridad con que el mundo cambia en un instante por la sola consciencia de la presencia de un otro singular ¡y vaya que eres una singularidad en este universo!
Como todos, tienes dos ojos, pero al platicar contigo uno llega a darse cuenta de que, aunque vemos lo mismo, tus ojos observan, contemplan, admiran, escudriñan, retratan el alma invisible de las cosas, de una manera tan profunda que resulta imposible seguirte el paso; para ti, cada momento es diferente, cada instante, único, de modo que, mientras en una semana yo tengo seis días de trabajo y uno de descanso con sucesos tan cotidianos que no requieren mención, en ese mismo tiempo tú contemplaste siete hermosos amaneceres distintos, con sus respectivos atardeceres, sus rebaños de nubes, sus racimos de estrellas y los constantes cambios en el rostro de la luna; cocinaste un cúmulo de éxitos culinarios que te nutrieron o terminaron en la basura -no todo lo que uno quema es comestible- decidiste que el color del día era el azul... el rojo, el amarillo, para cada día de la semana... pero sólo para las mañanas, porque las tardes y las noches tienen vibraciones distintas, por lo tanto, requieren frecuencias distintas. Dormiste al menos cinco siestas, soñaste y recuerdas los sueños de cada episodio de dormir con claridad y puntualidad. Descubriste una nueva filosofía de vida que justifica casi a plenitud el caos en que vives, tu cielo de conflictos internos entre el hacer mucho y el dormir demasiado, tus ires y venires, tus abandonares y volveres, entre la realidad tangible y la solidez de tu fe.