Largos días y nuevas noches sin pena; luz de estrellas que brillan, fulgurantes, sin prisa ni concierto a simple vista. Este día fue un día hermoso, aprendí a tener un poco de paciencia y a amar mi impaciencia, porque resulta que ésta no es intolerancia, es más bien, como un par de gafas con las que ves las cosas de diferente manera.
Hay momentos, como este, en que deseas con una fuerza inmensa alcanzar los lugares por donde el tiempo no pasa, sentarte ahí, nomás a contemplar el oleaje incesante de la vida, y sonreír, con esa amplia sonrisa de sol o luna, replandesciente. En momento así, el impulso creador mitiga, hasta extremos mortales, hambre, sueño y deseo carnal, con tal de rozar el dorado borde de la túnica exquisita de la eternidad, que pasa contoneándose como una dama hermosa que luce la riqueza de su vestimenta luminosa y la gracia inimitable de su figura esbelta y deseada. Te olvidas, en medio de un extraño sopor, de todos los sufrimientos del día y dejas que la pluma abra camino en el lechoso manto del papel inexplotado, la selva virgen de la nueva combinación de imágenes se abre ante la dorada llave de los ojos de tu imaginación; entonces las palabras se electrizan, llenas de vida, corren en manadas atolondradas que serpentean por el aire, luminosas, para caer con toda su fuerza, en la mullida superficie de lo común, levantando piel, derramando lágrimas y sangre, para reventar en poema incontrolable, para salpicar de muerte, de semillas, la hirviente superficie de las voces de todos los días.
Nunca me he preguntado para qué quiero la eternidad. Cuando sea eterno también seré ciego y sabio, justo y débil… creo que la juventud no es sólo un estado de ánimo… ni la edad sinónimo de sabiduría.