No me alcanza el tiempo para odiar los lunes, de la misma forma en que no me basta que sea viernes para sentirme feliz. Tal vez me alegra un poco que me den una galleta de limón, una bolsita de pistaches, un arándano de entre los arándanos del lonche de un niño de preescolar.
Agradecido, respiro con tranquilidad mientras la vida se me escurre de las manos, mientras me duele respirar, como si en vez de aire, aspirara fuego, pero no importa, la vida es de esa clase de torturas que vale la pena sostener para conservar la cordura en el caos cotidiano.
Es viernes, si el cuerpo sabía cosas, ya no las recuerda o ya no le importan. Es viernes, las calles están casi vacías a las 6 de la mañana, el sol invernal aún sigue bajo la oscuridad, detrás de unas montañas que corren sus días sin prisa alguna, con la certeza de la eternidad a su disposición, más allá del devenir de los otros pequeños seres cuyo corazón se angustia por cada día, por cada lunes, por cada viernes, por cada beso que te di, por el adiós que eres.