Hoy te vi, el andar apresurado, la cabeza alta, la pisada larga, el ir y venir de la cadera, hasta el mechón de cabello suelto, rebelde, ondeando cual estandarte de guerra al viento, anunciando la beligerancia de tu presencia andante. Pasaste hecha un mar de emoción y determinación, aguda percepción del mundo, pedazo de la realidad arrancado de algún sueño profundo, interrumpido por alguna alba prematura ¿quién puede saber?
Te vi, casi percibí el aroma de tu perfume, casi escuché el taconeo sobre el pavimento y el tintineo de las cadenas en tu pecho, en las muñecas, en el tobillo, el sonido musical de los aretes. Casi sí, casi todo. Se me olvidó que tus pasos ya no hieren la tierra, que ángeles celestiales te rodean en la luz perpetua de la ausencia de la Muerte. Más allá de los latidos. Más allá de la carne. Más allá de la noche. Más allá del fatuo brillo del sol de verano, allá donde el invierno nunca arriba. En mi soledad perpetua te busco, en silencio, en paz.
Hoy te vi, corazón de mi vida, y no eras tú.