jueves, 15 de agosto de 2024
La Leyenda del Bravo
Cuando la ves de lejos, cuando la ves en fotos, cada vez que te platica algo, emocionada, de su vida, de sus hijos, de sus papás, de sus logros, la sensación del infinito que habita sus ojos no deja de maravillarte y parece sencillo mirarla de frente, fijo a los ojos, hasta que toda esa dulzura, claridad, fiereza, se posa en ti y te pide ser cómplice de su risa o te cuestiona algo intrascendente, la sensación de que el universo te escucha (igual que una inteligencia artificial intentando seguir tus tendencias de compras) es innegable: la perfección existe y tiene cuerpo y nombre de mujer. Tiene una edad precisa y una historia donde las ilusiones y las decepciones bailan juntas _pasito de Satevó_ con la Leyenda del Bravo. Tiene perfume de canela, clavo, miel y almizcle, se viste de algodón y seda, de lycra y elastano, calza del 5 y es alta y firme, como diosa olímpica. Egoístamente, no les comparto el nombre ni la ubicación, no solo porque no quiero que la busquen y encuentren, porque su quehacer es de servicio, sino porque la casualidad fue quien me encontró con ella y creo firmemente en que la aleatoreidad de la vida los llevará a su encuentro si esto es de crecimiento para su existencia. Yo disfruto tanto de su sonrisa que evito todo lo posible ir a verla. Me gusta tanto, que quiero llevarla al cine, tomar café y comer pastel. Me agrada su sonrisa de tal manera que quisiera llevarla de viaje a visitar la playa y hartarnos de ostiones y pescado zarandeado, atardeceres y baile hasta que salga el sol, sólo porque sí, sólo por ver la luz de sus ojos y esa sonrisa enorme. No soy hombre de fe, para nada, pero si ella me dijera que existe un dios, pienso que le daría un porcentaje mayor a mis dudas, a mi fe, y me abandonaría en el hueco que hacen las clavículas bajo el hombro, a embriagarme de su vida, con los ojos cerrados.
Jarrito
Jarrito de Barro
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