Donde me siento el mundo se empieza a ahogar en la noche. Sale una hermosa luna llena en un cielo inundado de luz eléctrica que opaca las estrellas y hace aparecer la bóveda celeste como un telón oscuro de acero, sin alma, sin latidos.
Allá arriba, más allá de la luz y las nubes y el aire y el frío y la soledad y la ausencia, vuela mi pensamiento libre, encontrándose en un amoroso abrazo con tu recuerdo, con la dulzura imaginaria de tus labios, con el salado sabor a olvido del sudor en tu cuello con el aroma melancólico de tu cabellera agreste y gatuñosa.
Aquí, mi respiración pesa porque hay pesos que el cuerpo no carga, que sólo el aire entiende porque es precisamente el aliento lo que falta, las palabras y la risa de la que no está, la que se fue, dice José Alfredo, o la que vive en el éter, allá donde todas las ideas son perfectas.
En esta dimensión, mi sombra y yo caminamos de la mano, con rumbo a un atardecer que nunca desaparece. El abrazo que me falta está muy lejos, mañana, tal vez, en otro día, en otra vida.