Tengo un muy amado amigo que cumplió años ayer. Vive fuera de esta ciudad y, cuando viene, lo invito a pasar tiempo juntos, que vayamos a comer, a beber, a platicar las hazañas, aventuras, desamores y retos que enfrentamos. 9 de cada 10 veces no puede, él es el visitante, tiene más invitaciones que tiempo para pasarlo en la ciudad, con algunos amigos en vez de con su familia. Por otro lado, yo tampoco tengo todo mi tiempo para él, usualmente sigo trabajando en vacaciones o, de alguna manera, estoy ocupado. Aún así, me dice, sígueme invitando, ya llegará el día en que los tiempos coincidan.
En tanto analogía de la totalidad, podría decir que el Universo pulsa y se mantiene manifestándose, invitándome a seguir caminos que mis pies trazan a diario. Me tambaleo como un bebé que aprende a caminar en la conciencia, notando apenas que soy libre, que el camino, aunque parece individual, es de todos y de ninguno; de esta forma, saberme solo es, simplemente, reconocer la singularidad de la experiencia de la vida.
La vida nunca dice no, se avanza, se hace, se alcanza.
Si yo te invito a compartir el café y dices sí, créeme que disfrutarlo contigo me haría muy feliz.
A estas alturas ya aprendí que cualquier respuesta diferente a Sí es no, uno va aprendiendo que los humanos evitan la verdad con tal de no sufrir.
Mientras mi tiempo humano siga corriendo yo seguiré invitándote a tomar café y comer pastel, porque prefiero verme en el espejo de tus ojos y escuchar la historia de la vida en tu voz.
Que el amor nos salve del miedo.