Cada día vienes, coqueta, a mi encuentro, las palabras te son ajenas, los ruegos, el tiempo es para ti un renglón vacío, la ausencia, es un color en el viento.
Te abrazo, me disuelves, me conectas con ese que tiene por escabel mi cielo, con ese que tiene mi voz repicando en mi conciencia.
Te abrazo, perdido, rendido por completo, y tu voz es un murmullo de mar, me quiebro en ti, me deslizo y me muero, como un silencio que se desplaza bajo las olas como un cohete que se lanza al viento.
Tu sonrisa es luz en mi día, es bálsamo para el cansancio, para la rutina, para la agonía diaria.
Tu sonrisa me contagia de esperanza, renueva mis fuerzas para seguir adelante, es el coqueteo íntimo de la eternidad, es el instante preciso en que comprendo todo: Dios, en Su infinito amor, nos da el consuelo de la Eternidad, nos da la dulzura de una presencia afín, nos da la fuerza de una voluntad intransigente. Dios, en su infinito amor, nos da el amor en otro amor, nos da la verdad en otros labios. Dios, en su infinito amor, nos da la sonrisa que nos cura, nos da la mano que nos sostiene, nos da el corazón que nos fortalece. A mí me dio tu sonrisa y más nada necesito.