Había una vez una mujer que quería ser reina y tener muchos hijos. Cuando se casó con un rey, sus deseos la impulsaron a traicionarlo. Lo dejó, se fue a otras tierras. En la persecución de poder y riquezas hizo alianzas con fuerzas oscuras, renegando de la fe que profesaba. Con el tiempo, llegaba a ver ataques contra ella de todas direcciones. En su afán de venganza, perdió el gusto, que no el hambre; perdió el sueño y se le acumuló el cansancio; poco a poco fue perdiendo los amigos, los amores y la cordura. Ésta salió volando cuando, en sus intentos por defenderse de los fantasmas de su mente, destruyó al amor de su hijo y éste eligió seguir a ese amor a la otra vida. ¿Se hizo responsable de sus actos? ¡No! su orgullo era demasiado, ella había decidido que los otros le habían provocado, que su razonamiento era correcto y que sus decisiones eran certeras y justas. ¡Ah, la vanidad! Finalmente, decidió que la vida no la merecía y buscó a su último y primer amor para morir con él.
Qué maravilla es la vida. Que fantástica imitación hace de ella la literatura #GoT