El primer beso fue el último en el que contenía tanto deseo, tanta curiosidad, tanto miedo (a pesar de mi exterior fiero, sí, corazón, tenía miedo de besarte. Miedo por no saber si, desde ese beso, anhelaría más de ellos o sería tan no sé cómo, que no quisiera intentar uno nuevamente)
He perdido la cuenta de los besos que hemos compartido, los viajes de mi casa a la tuya, a la estación del transporte, las lluvias que nos han cogido desprevenidos a medio camino a casa, al teatro, al cine, esos lugares donde soñamos despiertos y no importa que la señora católica tres filas atrás refunfuñe por algún beso ocasional que te robo a media película o que te recargues en mi hombro, descarada.
Igual no estás, eres sólo un recuerdo único de ayeres, perdidos, la mayoría de ellos, y otros depositados en algún mineral que se aloja en el cuerpo... ¿será ese el calcio que se aglomera en mi aorta?
Cuando la vida nos dio la oportunidad de amarnos éramos unos adolescentes de cuarenta años, llenos de ilusiones, kilos extra, heridas emocionales y una completa falta de inteligencia emocional: una bomba de triglicéridos flotantes y conductas autodestructivas que acabarían con todo.
A pesar de todo ello, mi mano sigue buscando tu silueta escultural junto a mí en la cama, en el trance masculino de los enhiestos rijos amorosos que aún me atormentan por las madrugadas, ciertamente la insuficiencia cardíaca y la hipertensión no han hecho mella en esa sensible textura de mi realidad humana.
La puerta del cielo se ha cerrado para mí. La espada que guarda la puerta del reino sigue moviéndose, flamígera, y me mantiene lejos, desterrado hijo de Eva, en el purgante espacio de los amores profanos. Ese día un día llegará, se sabe, pero creo que ya pasó, hace varios días, como todos los sucesos, el día menos pensado.