Te busco a diario, jarrito de barro, pedazo de cielo, porque te me pierdes entre pensamientos. Un día te levantas con el pie izquierdo y el mundo es odioso, la gente, horrible, el trabajo, un fastidio. Cambian las horas, la dirección del viento, la forma de las nubes, y, de pronto, la vida es bella a pesar de todo, de las faltas de ortografía, de la inmortalidad y hasta de las violencias normalizadas. Me amas y me odias por la misma razón. En este debate interno tuyo nadie gana, ni tú, ni el amor, ni el odio. Eres tú una puerta al paraíso con un camino de espinas que aleatoriamente se presenta y es necesario transitar.