A estas alturas de mi vida, a punto de concluir un siglo azteca, soy más una colección de ayeres que una prospección de mañanas.
En el silencio de la madrugada abro los ojos y dejó entrar el día conforme se aparece cruzando la ventana. Detrás de las montañas que se perfilan allá, en la sierra de Navachiste, el oleaje calmo interfiere con el ruido mismo de mis pensamientos. Hasta que me concentro sólo en escuchar las olas golpeteando la playa, el susurro de la brisa, el graznido ocasional de alguna ave que surca el aire sin dejar huella.
Dejo de mí y de mis pensamientos una cantidad de hojas llenas de garabatos en las que vacío mi mente abrumada por las contradicciones diarias. Entre el quiero y el no quiero nada, entre el verde y el rojo, entre el no te vayas y el ven.
A estas alturas... no sé de dónde sacamos la idea de que estar más viejo es estar a una mayor altura ¿la senectud nos acerca a otros estadios del espíritu que mi carencia de fe me impide ver? No sé y no importa. Al final el olvido nos abraza