Cuando niño, me despertaba el ruido que hacía la Chuy al iniciar las labores del día, el chorro de agua al caer en la olla para los frijoles; el rítmico golpeteo del cuchillo sobre la tabla al picar papas, tomates, cebolla, chile verde; el silbido del
pato al hervir el agua para el café y el intenso aroma del mismo cuando servía sendas tazas para ella, don Nacho, el Cerdo, la Negra -al parecer en casa tener dos nombres era un desperdicio si terminamos llamándonos por apodos- Toda mi infancia se puede recrear de manera musical y olfativa. Incluso, podría incluir la rechifla del viento huracanado en los cables de la luz, el crujir del maderamen de las casas vecinas y el gruñido previo a que se desprendieran las láminas galvanizadas del techo, arrancadas por ráfagas de más de cien kilómetros por hora. Con esto en los oídos y el olor a lluvia, lluvia interminable por días, el agua brotando de las alcantarillas o de nuestro propio drenaje, el olor de lodo bajo el lodo, de agua estancada y café, para todo, café